sábado, 10 de marzo de 2007

No somos quien para erigirnos jueces


Las últimas semanas fueron grises y tristes, porque ambos sabíamos que todo terminaba entre nosotros de forma anunciada e irremediable. El final llegaba sin estridencias, sin señales espectaculares, callado como una enfermedad o una sentencia sin apelación. Todo moría poquito a poco, en la rutina final de cada día. Despacio. Y parece mentira, al principio, cuando él entro en mi vida, todo era deslumbramiento, expectación. Ansiaba conocerlo todo de él, tocar su piel y oler su pelo, vivir como propios su infancia, sus sueños, su memoria. Oír su voz y el rumor de sus pensamientos. Y así lo hice. Durante todo este tiempo anduve sumergida en el sin reservas. Dormí, comí, viajé, viví con el. Y ahora, justo ahora cuando se va, le conozco mejor que a mi misma. Sé como pelea, como sufre, como ama. Identifico sus heridas, porque fui yo misma quien las infligió deliberadamente, una por una. Sé cómo ve el mundo, la vida y la muerte. Cómo ve a los hombres. Cómo me ve a mí. No podía ser de otro modo porque, aunque el siempre estuvo ahí en alguna parte, esperando que se cruzaran nuestras vidas, fui yo quien en cierto modo le convirtió en lo que ahora es. Nadie pone lo que no tiene. Y de este modo llegué a reconocerme en sus gestos, palabras y silencios como si contemplara mi imagen en un espejo.
Ahora todo terminó. Y lo singular es que al advertir eso no experimenté dolor, ni melancolía. Sólo una precisa sensación de alivio infinito, e indiferencia. Eso es tal vez lo más singular de todo: la indiferencia. Después de haber ocupado durante diez años la totalidad de mis días y noches, le miro y no siento absolutamente nada. Qué raro es todo. Cuando al cabo lo sé todo de él, y tras consagrarle mi trabajo, mi tiempo y mi salud le conozco mejor que a ningún otro hombre en el mundo, resulta que ya no me importa. Es como si se quedara de pronto atrás, a la deriva, o se alejase por caminos que me son ajenos, y me diese igual lo que sufra, a quién ame, con quién viva, cómo sienta o cómo muera. Ese hombre ya no es asunto mió, y eso me hace sentir egoístamente limpia y libre. Es bueno, decido, poder desprenderse de esa forma de pedazos de tu vida, dejándolos atrás como quien se desembaraza de algo viejo e inútil.
Sé que el mundo es un pañuelo, y que voy a tropezarme muchas veces con su fantasma. Amigos y desconocidos me hablarán de él y tendré, a mi vez, que dar explicaciones al respecto. Esto y aquello. Le quise. Me quiso. Etcétera. Nuestros caminos se cruzarán sin duda, tenemos un lazo que nos une. Intentaré dejarle lo mejor posible, claro. Hablaré de nosotros como si todavía me importara, o como si mi vida girase todavía en torno a su apalabras, sus pensamientos, sus odios, sus amores. Lo haré echándole buena voluntad, lo mejor que sepa. Contaré sobre todo la parte fácil: los primeros días, los primeros tiempos, cuando todo era perfecto y era posible porque aún estaba todo por vivir. Callaré el resto: las discusiones, los golpes, la soledad, el hastío, la indiferencia del final. Cuando todo estaba consumado, y nos situábamos cada día y cada noche uno frente al otro con la intención, el deseo, de terminar de una vez. De agotarnos y olvidarnos.

Pero nunca olvidé.

No hay comentarios: